Estereotipo #2: ¿Es verdad que el Islam se expandió a golpe de espada?





¿Es el Islam quien se expandió por la espada?

Desde que surgió el Islam, y durante los trece primeros años de la misión del profeta Muhammad (P), la única sangre derramada en Meca fue la de los nuevos musulmanes. Hombres, mujeres e incluso niños que tras abandonar el barbarismo de la religión pagana de Arabia, fueron perseguidos, torturados y matados por doquier. 

Esta situación de constante acoso contra los musulmanes se mantuvo hasta hacerse insostenible la vida de los musulmanes dentro de la Meca, lo cual les empujo a buscar nuevas alternativas a través de acuerdos con tribus dominantes en otras ciudades.
Primero fueron rechazados por la tribu de Zaqif en la ciudad Taif. Más tarde, llegó una delegación desde la ciudad de Yathrib (posteriormente rebautizada Madina) dominada por dos tribus inmersas en guerras fratricidas: Los Aus y los Jazray. Las razones por las cuales dichas tribus acudieron en busca del Profeta (P) tienen mucho que ver con algunas de las otras tribus, de fe judía, que habitaban Madina, y que les hablaban incesantemente a los árabes paganos de la ciudad de la profecía sobre la llegada inminente de un Profeta que encontraban en el Torá. 

Es así como algunos habitantes de la ciudad de Medina aceptaron el mensaje del Profeta (SW) y ofrecieron protección y cobijo para que los musulmanes empezaran a emigrar hacia Medina. No obstante, los líderes de los Quraish, tribu dominante en la Meca, les prohibían a los musulmanes que pretendían emigrar llevarse sus pertenencias e incluso, en algunos casos, ser acompañados por sus propias mujeres.

Esta extorsión hizo que muchos de los compañeros del Profeta (P) le pidiesen permiso para empezar una lucha armada, para recuperar sus bienes saqueados y sus derechos usurpados. No obstante, este les decía que aun no podía darles luz verde, ya que no había recibido ninguna revelación que lo implicase.

Tras la emigración de los musulmanes a Medina, la tribu de los Quraish, dominante en Meca, hizo todo lo que pudo para incitar a las tribus de Arabia a combatir a los musulmanes, preparando para una guerra total que les permitiría eliminar la nueva fe y arrancarla de cuajo antes de que se expandiese incluso más.

El pretexto perfecto para dicha guerra vino tras un incidente en el que un grupo de una decena de musulmanes trató de recuperar algunos de sus bienes de una caravana de los Quraish. Lo cual hizo que estos últimos aprovechasen la situación para declarar la guerra a los musulmanes. Entonces salieron en un ejército de mil y pico hombres desde, Meca hacia Medina, casi celebrando una victoria asegurada incluso antes de que la batalla tuviese lugar.

Los musulmanes por su parte, conscientes de que los Quraish les superaban en número y en armamento, decidieron salir de Medina y llevarse la batalla a donde les convenía mejor. Los dos bandos se vieron la cara en la zona de Badr, que da su nombre a esta batalla, quizá desconocida, pero que sin duda cambió el rumbo de la historia.

Los Quraishíes, inmersos en su arrogancia y su menosprecio hacia los musulmanes, acabaron perdiendo la batalla de forma aplastante pese a que aventajaban en número a estos últimos, que apenas superaban los trescientos hombres, lo cual suponía una proporción de tres no musulmanes por cada musulmán.

Y así se cumplió:

"Dentro de un año -año como el de un jornalero- habrá
desaparecido todo el esplendor de Cedar, Y el resto del número de los valientes arqueros, hijos de Cedar, será reducido; porque Jehová Dios de Israel lo ha dicho." (Isaías, 21:16-17).

Esta es la primera batalla del Islam, que en realidad les fue impuesta a los musulmanes. Los adversarios del Islam, cegados por sus intereses codiciosos de controlar las lucrativas rutas comerciales, así como auspiciar el peregrinaje anual hacia su ciudad, que les otorgaba una posición de liderazgo entre las demás tribus de la península y unos ingresos poco desdeñables, no podían tolerar el progreso de dicha religión, lo cual suponía para ellos un peligro para sus ambiciones y un riesgo que no les convenía correr.

Esta batalla, insisto obligada y conducida hasta las puertas de Medina, es un ejemplo en miniatura de la mayoría de las demás contiendas de la historia del Islam. Sin ir más lejos, los Quraish atacaron de nuevo Medina un año más tarde, en la batalla de Uhud, en un intento desesperado de recuperar su gloria duramente abochornada.

Los ataques sobre Medina se repitieron una y otra vez, bien reclutando a las tribus aliadas de Quraish, así como todo aquel mercenario asequible. Bien sobornando y tentando a los judíos e hipócritas de Medina para rebelarse desde dentro o incluso intentar asesinar al Profeta (P). No es de extrañar que el Profeta (P) haya sido objeto de al menos trece intentos de homicidio, afortunadamente, fallidos.

Aún así, los musulmanes aceptaron un acuerdo de paz con los Quraish llamado el Acuerdo de Hudhaybiya. Una tregua de diez años de duración que se vio interrumpida posteriormente, dado que un grupo de guerreros Quraishies (del clan de Bakr) atacó a personas desarmadas de la tribu de Juza’a, que eran aliados del Profeta (P). El pacto de Hudhaybiyah especificaba un cese de hostilidades incluso entre los aliados de cada bando. 

Este grave incidente resultó en una verdadera masacre. Dicho ataque sería la causa directa de la conquista de la Meca, en la cual Quraish quedaría finalmente doblegada. Una conquista en la cual, el Profeta (P) acompañado por diez mil guerreros musulmanes, se aseguró de que no se derramase una sola gota de sangre. Además, declaró una amnistía general y universal, perdonando a las mismas personas que le obligaron a abandonar su tierra natal, y torturaron y mataron a muchos miembros de su familia y compañeros más cercanos.

La conquista de la Meca no pasó desapercibida desde Constantinopla y Persépolis. Tanto bizantinos como persas, las dos superpotencias de la época, preocupados por los continuos éxitos de los musulmanes, no escatimaron medios en su intento de sofocar al recién nacido poder musulmán. Poco sospechaban que sus respectivas caídas vendrían a manos de la misma gente a la que intentaban oprimir y subordinar. Una dura lección que les cuesta aprender a todos los déspotas y tiranos hasta nuestros días.

Otra fuerza que intentó invadir al mundo musulmán, y de hecho lo consiguió con resultados nefastos para los musulmanes, es la de los mongoles. Son tribus nómadas de la estepa de la Asia Menor que invadieron extensas partes del oriente Islámico. Las matanzas más incrustadas en la conciencia colectiva del mundo musulmán son aquellas cometidas en zonas como las de Irak y Siria, especialmente en Bagdad, donde se cuenta que los montones de cuerpos y cabezas de musulmanes decapitados parecían torres y que la sangre corrió por las calles en torrentes. Las pérdidas en el ámbito cultural fueron también irreversibles y no menos dolorosas. Se dice que los mongoles echaron tantos libros al Tigris que las aguas de dicho río parecían una corriente de tinta. Lo paradójico a cerca de esta invasión es que más tarde, los propios mongoles se convertirían al Islam por iniciativa propia y serían artífices (directos o indirectos) del resurgimiento más asombroso del islam, bajo el imperio otomano.

Los Cruzados, a su vez, vinieron desde partes de Europa que poco tenían que ver con el mundo musulmán. Convocados inicialmente por el Papa Pio II y prometidos oro, plata y mirra. Arrasaron pueblos y ciudades allá por donde pasaban, sin hacer distinciones entre si sus víctimas eran "sarracenos" (tal y como denominaban de forma peyorativa a los musulmanes), judíos o incluso cristianos. Las oleadas de cruzados se sucedieron una tras otra, dejando detrás de sí muerte, destrucción y desolación. No resulta muy difícil para cualquiera que estudie la historia con objetividad y raciocinio constatar quienes son los que se expandieron a base de golpe de espada y difundieron sus ideas derramando ríos de sangre. Y tampoco entraña dificultad alguna ver la manera en la cual convivieron los musulmanes en Al Andalus, y otras regiones multiconfesionales y multiculturales, junto a cristianos, judíos, y personas de otras confesiones.

Hoy, los países con mayor población de musulmanes en el mundo, conocieron el Islam y se convirtieron sin que hubiese una sola batalla ni hubiese pisado ningún ejército sus territorios. Un buen ejemplo es Indonesia, el país musulmán más grande del mundo, con una población que ronda los 300 millones de musulmanes. Los indonesios nunca fueron invadidos por los musulmanes, sino que tras su contacto comercial con los mercaderes árabes empezaron a aceptar el Islam de forma gradual, fascinados por la honestidad y el buen trato de los comerciantes musulmanes, hasta llegar a ser la mayoría en dicho archipiélago.

Paradójicamente, los que ponen al Islam bajo escrutinio y lo tachan de sangriento y sanguinario son los verdaderos verdugos, culpables de la aniquilación de pueblos enteros y la subyugación de la mayor parte de la humanidad poniéndola al servicio esclavizado de una mínima minoría. Apuntan al Islam con dedos de acusación, cuando esos mismos dedos aún siguen manchados de sangre.

Si hay alguna religión que se abrió camino por los continentes gracias a la extorsión, el derrame de sangre y lo que el pensador Noam Chomsky denomina "violencia racional", esa religión definitivamente no es el Islam ni mucho menos.

Sin ir muy lejos, el Islam no pintaba nada en la primera y segunda guerras mundiales que cosecharon las vidas de varias decenas de millones de personas. Ni estaba presente antes en las constantes guerras entre católicos y protestantes, ni en las que se implicaban a Inglaterra, Francia, España, Portugal, Prusia…etc. Cambiándose dichos países de bando constantemente, dependiendo de lo que convenía sus arcas.

Tampoco fue el Islam quien arrasó con los habitantes indígenas de las Américas (mal denominados indios) o África, o partes de Asia arrasadas y empobrecidas hasta la miseria como es el caso del subcontinente índico. Ni tampoco se puede hablar del Islam en referencia a la revolución francesa, ni la bolchevique, ni la americana, ni la guerra de recesión, ni la de Indochina, ni la de Vietnam, ni las de las repúblicas bananeras, ni en otras incontables guerras que siguen al orden del día y que llenan el historial negro de quienes intentan hoy en día salpicar la imagen del Islam.

Cambian los tiempos, las fechas, los lugares, las fronteras, las víctimas, pero los verdugos son los de siempre.

De hecho, si hay guerras en territorio musulmán, todos sabemos quiénes son los agresores que han encendido su mecha y que siguen dándoles fuelle encubiertos bajo el lema de la libertad.

No cabe duda que a pueden surgir agresiones de personas musulmanas o que se hacen llamar musulmanas, lo cual no representa el Islam ni mucho menos. Sólo que cuando se trata de algo relacionado con el Islam se habla de barbarismo, crueldad y fanatismo, y cuando son los de siempre los que cometen sus fechorías sanguinarias se suele hablar de "daños colaterales".

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